domingo, 26 de febrero de 2017

Mis Reflexiones Sobre Evaluación y Enfoques pedagógicos

El ¿qué?, el cómo y el ¿cuándo? del proceso evaluativo

Para empezar, antes de interrogarme por ¿quién soy en mi labor evaluativa? diré ¿quién fui? Por lo tanto, debo reconocer que por largo tiempo mi labor docente fue marcada por el uso de la evaluación como instrumento de poder. Así, fue fácil caer en la inercia de la escuela tradicional, en virtud que la mayoría del entorno educativo tiene su mayor preocupación en la transmisión y el cumplimiento de los planes de estudio. Inclusive, en aquellos días la desmotivación de mis estudiantes fue tan evidente que afectó mi sensibilidad y autoestima. Lo anterior, me obligó a repensar mi labor como maestro. Así, mis preocupaciones me acercaron a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, estas permitieron saltar ese entorno estéril. Más tarde, empecé a ser permeado por las ideas fértiles de muchos docentes innovadores que empezaron a influenciar mis desempeños con sus didácticas. En consecuencia, aprovechando estas poderosas herramientas empecé a esforzarme en promover en mi espacio de enseñanza el aprendizaje dialógico y democrático, espacio donde se le da valor a la razón en la construcción del conocimiento, en el desarrollo de habilidades y destrezas en el hacer, y en el fortalecimiento de actitudes del ser y el convivir.

Por lo tanto, hoy en día considero la evaluación como un proceso de identificación de valores y dificultades que presenta el estudiante. Inclusive, creo que debe ser entendida desde un enfoque holístico y no desde una mirada parcial y reduccionista como el positivismo planteó en un principio después de su éxito en las ciencias naturales. También, reconozco en ella la gestión en cuanto a los avances en el proceso de aprendizaje. Igualmente, la entiendo como una herramienta de diagnóstico y seguimiento de los procesos de crecimiento personal y social, tanto de lo cognitivo, actitudinal y procedimental. Más aún, ella debe tener como punto de referencia el currículo formal de la institución, el contexto en que se mueve el estudiante o su realidad social. En esta mirada retrospectiva y de acuerdo a la subjetividad del ser humano, se hace necesario complementar dichas miradas con el concurso de varios tipos de evaluación que permitan una visión intersubjetiva que nos aproxime a la realidad académica, actitudinal, procedimental y de convivencia de nuestro educando.

Por otra parte, en la mayoría de las situaciones, me esfuerzo por qué el proceso de evaluación brinde las oportunidades que necesita el estudiante para determinar o interpretar sus potenciales. Además, de percibir con claridad la realidad sociopolítica que lo envuelve. Así, el proceso de evaluación en mi caso fortalece la reflexión, el espíritu crítico con preguntas tan clásicas y necesarias como ¿quién soy? o ¿quién debería ser? Así, en esa búsqueda interna el ser humano reconoce en sí mismo los elementos que lo hacen trascendente y logra su realización personal en la integración social. También, es para mí una necesidad concebir el aula de clase como un ágora o recinto de debate donde se puedan gestar las ideas, reproducir y fortalecer al mismo tiempo procesos mentales tan necesarios como: la memoria, el análisis, la síntesis y la toma de decisiones que son matices del pensamiento crítico y creativo, habilidades mentales de orden superior necesarias para sobrevivir en un mundo en permanente cambio. Así, Algunas veces interpreto la evaluación como una herramienta de motivación, como un instrumento de seducción cuando es transformada en un reto o en un juego que fortalece estos procesos mentales, interpretación que es concebida desde una tendencia educativa llamada #Gamification.
Pues bien, después de analizar el pasado y presente de lo que la evaluación ha representado y representa en mi labor docente, es hora de preguntarme ¿Quién debería ser evaluando? Esta vez desde una mirada epistemológica, científica o académica. Es decir, desde las teorías, los modelos pedagógicos y lo que el PEI de mi institución indica. En este sentido, es menester de nosotros los docentes superar los modelos de evaluación que en algún momento fueron exitosos, pero que hoy son obsoletos y no cumplen con las necesidades de nuestras comunidades. Así, el modelo tradicional, que fue por mucho tiempo líder del sistema educativo y hace énfasis en la memoria, que es componente del pensamiento crítico y una habilidad mental esencial. En contraste, se queda corto al no trabajar otras habilidades fundamentales como la razón, la lógica o la metacognición. Inclusive, este usa la evaluación como instrumento de poder y de control, desterrando la confianza en el aula, que es mecanismo de construcción social, de aprendizajes e innovación. En consecuencia, debo entender en que momento lo uso, teniendo en cuenta que el fin de la educación no es solo memorizar contenidos. Por otra parte, entiendo que el énfasis en este modelo punitivo, puede perjudicar el desarrollo de la razón y el talento humano. Lo anterior, por limitar el protagonismo del estudiante y por ende su ejercicio cognitivo.

Igualmente, otros modelos como el conductista son útiles para el aprendizaje de procedimientos. Sin embargo, limitan el desarrollo mental al situar el pensamiento en una sola categoría. Así, aunque el estudiante conoce el paso a paso, muchas veces se queda sin entender sus consecuencias. Por otra parte, sintonizo más con el modelo cognitivista, que fija su mirada en varias teorías como es el aprendizaje por descubrimiento, el aprendizaje significativo, el aprendizaje mediado, el aprendizaje constructivista y las inteligencias múltiples de Howard Gardner. Modelos en los cuales se le da mayor protagonismo al estudiante en su evaluación y aprendizaje. Inclusive, sintonizo con los modelos socioconstructivista y romántico que consideran la motivación intrínseca, que observan los intereses de los jóvenes y entregan responsabilidades sobre su proyecto educativo desde un enfoque de aprendizaje social muy adecuado para una época de redes.

En resumen, como he mencionado los procesos de evaluación en la escuela son en la mayoría de las ocasiones, situaciones deshumanizantes y desmotivantes. Lo anterior, ya que perjudican el desarrollo de los elementos que nos distinguen como seres humanos. Así, la evaluación en muchas situaciones no se preocupa por medir y gestionar las capacidades de razonar y los valores actitudinales que son esenciales para la vida en sociedad.  Por lo tanto, los modelos que tenemos en nuestras escuelas no deberían fijar su mirada fundamentalmente en la transmisión de contenidos y de información o inclusive, en lo procedimental, descuidando y dejando en manos del currículo oculto lo esencial. Esto es, las actitudes y el desarrollo de habilidades mentales de mayor complejidad como son el pensamiento crítico y creativo. Inclusive, dedican su esfuerzo mayor a procesos reproductores de conocimiento e información en el nivel literal de comprensión, nivel del que habla mauren prestley (Pristley, 1996) en su pirámide de comprensión de la información. En últimas, este tipo de educación se convierte en un instrumento de control y dominación que limita las capacidades interpretativas de la realidad de un gran espectro de la sociedad para beneficio de las élites que llevan años controlando este país y que reciben otro tipo de enseñanzas.
Igualmente, si bien la evaluación es un instrumento de medición de la calidad educativa, esta calidad debe ser interpretada desde las necesidades y potencialidades del estudiante y la sociedad. Por esto, la evaluación no debe ser vista como una herramienta de selección de los más fuertes, los más hábiles o inteligentes, ni como instrumento de domesticación de las clases populares. Al contrario, debe ser motor de transformación, inclusión y empoderamiento social. Así, la evaluación debe considerar el contexto, las cualidades intrínsecas, el ser, el actuar, las habilidades y destrezas, pero también debe considerar las discapacidades y falencias. Más aun, una buena evaluación en armonía con el concepto de educación debe ser personalizada y humanizante. Inclusive, esta debe propender por la emancipación del ser humano, liberándolo de la dependencia de otros. Entonces, la evaluación debe tener algunas características que la conecten con estas metas, estas son: consecuente, reflexiva, rigurosa, observable, crítica, exacta, continua y oportuna. Así, en nuestros días la evaluación debe tener un carácter formativo que brinde la información pertinente y oportuna necesaria para corregir nuestras falencias y fortalecer nuestros talentos. En este sentido, el docente como acompañante y no como verdugo tendrá una gran responsabilidad y protagonismo en la transformación de nuestra sociedad.

Bibliografía

Pristley, M. (1996). Técnicas y estrategias del pensamiento . México: Editorial trillas.